La cultura de la derrota (XXXVIII): El oscuro fin de una era

Micah Richards, en el Emirates | Fotografía: Aston Villa FC

Micah Richards, en el Emirates | Fotografía: Aston Villa FC

Se acabó la pesadilla, el Aston Villa ya no pertenece a la Premier League. Estaba consumado desde hacía varias fechas pero faltaba el doloroso trámite de completar las 38 jornadas para poder apagar la luz y marcharse en la penumbra sin hacer ruido, con el dolor ya asumido incluso entre sus principales afectados: jugadores, empleados, aficionados y una directiva que ha visto más movimiento en sus despachos que sobre el césped. Es presumible que éstos últimos, encorbatados y ajenos al daño provocado, abandonen el barco ahora que no queda ni un sólo centímetro cuadrado de cubierta sobre el mar. 

El epílogo se produjo en Londres, concretamente en el fastuoso Emirates, situado al norte de la ciudad en lo que parece más un campo temático que un estadio de fútbol. Ni siquiera tuvo la oportunidad de despedirse de la Premier League con su propia camiseta, pues coincidía con la del equipo local, y tuvieron que hacerlo vestidos de amarillo. Volvió a haber brummies en las gradas, fieles como sólo se puede explicar desde la más absoluta irracionalidad, despidiendo al Aston Villa hasta el próximo año y despidiéndose también del Arsenal, al que no podrán ver en un tiempo salvo emparejamiento en alguna competición copera. Tampoco ellos lo hicieron vestidos con la camiseta oficial, sino disfrazados, buscando nuevamente la atención del público para denunciar las constantes tropelías de Randy Lerner desde el otro lado del Atlántico. La afición villan quiso quitar el máximo de tragedia posible al inevitable cierre de la temporada, y como una fiesta afrontaron el partido ante los gunners, unos vestidos de plátanos, otros de superhéroes, todos de burdeos y azul en sus corazones.

También fue el último partido para Eric Black, dueño de la posición más incómoda del fútbol actual en las islas Británicas, sucesor de Tim Sherwood, Kevin MacDonald y Rémi Garde e impulsor de los jóvenes que tendrán que sacar adelante el proyecto que surja del próximo verano. Lyden y Toner son sus primeros espadas, y ellos ocuparon los dos carriles en la defensa de cinco con la que el Aston Villa intentó aguantar la dignidad ante un Arsenal que aún tenía en juego el subcampeonato y superar a su eterno rival, por lo que en el guion no cabía esperar piedad local.

La última jornada no deparó nada positivo, pues en el Emirates sí había ingredientes para que se organizara una fiesta. Más allá de la segunda plaza tocaba despedir a dos pesos pesados: Mikel Arteta y Tomas Rosicky. El donostiarra jugó los últimos minutos saliendo desde el banquillo, lugar en el que se le augura un futuro próspero, mientras que el checo no consiguió el rodaje necesario con el equipo Sub-21 y no pudo disputar un solo minuto. El homenaje se lo regaló Giroud, que castigó a Bunn con un triplete y uno de ellos se lo dedicó al Pequeño Mozart. Entre aquellos fastos, el taciturno Aston Villa no era más que un convidado de piedra. 

Se lesionó el capitán Lescott y tuvo que entrar en su lugar Richards; jugó también unos minutos Grealish y completó una temporada en la que siempre que tuvo minutos su equipo perdió. De Agbonlahor, otrora santo y seña del club, nadie se quiere acordar ni en las gradas ni en el vestuario, y Eric Black miraba el marcador del Emirates sabiendo que cuando se alcanzara el minuto 90 sus días al frente del Aston Villa habrían terminado, pendientes de la llegada de un consorcio chino y nuevas ideas para darle una dirección más adecuada al club. Terminó así una etapa ininterrumpida en lo más alto desde 1988, fecha de su último ascenso a la que entonces se conocía como First Division. Se abre un nuevo y complicado capítulo en la historia de uno de los equipos con más historia de Inglaterra, que ya no se reconoce a sí mismo en el espejo cuando le dicen que un día fue campeón de Europa. 

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