La cultura de la derrota (XXXV): Morir matando

Ings concedió una última alegría a su afición en la Premier (Fotografía: Burnley FC)

Ings concedió una última alegría a su afición en la Premier (Fotografía: Burnley FC)

Las matemáticas decían que sí, pero la esperanza ya se había esfumado de Burnley semanas atrás. La derrota y el empate no servían, y la victoria sólo en algunos casos para mantener una mínima posibilidad de permanencia en la Premier League. A pesar de esto, técnicos y jugadores ya se habían hecho a la día de que el caviar de la élite tenía fecha de caducidad y que este sueño no tendría continuidad a partir de agosto. La afición claret, suficientemente madura como para no creer en milagros de mercadillo, quiso arropar aun así a su equipo en su visita a Kingston-upon-Hull, apurando el disfrute de diez meses codeándose con lo más granado del fútbol inglés. 

Debió de haber perdido el Burnley su partido frente al Hull. En la inservible batalla del merecimiento, los tigers lo pusieron todo sobre el césped para evitar empantanarse más en la zona peligrosa de la clasificación, en la que también están sumidos desde hace tiempo, pero el Burnley cayó dejando varios daños colaterales en su camino al pozo. Por una vez en mucho tiempo, era la tarde de Sean Dyche y sus chicos, con el once ideal al completo una vez perdonado Michael Duff al considerarse injusta la roja de la última jornada. 

Dentro de las posibilidades de una plantilla limitada en cuanto a nombres y talento en comparación con el resto de la Premier League, que el Burnley fuera consciente de que había llegado su final con la entereza con la que lo hizo fue meritorio. Las hemerotecas están plagadas de equipos descendidos que dejan aparcado el profesionalismo mientras llega la jornada 38, pero los clarets fueron una bella excepción a la norma, despidiéndose de la categoría con el gusto de haber derrotado a un mismo equipo dos veces

Hubo igualdad de fuerzas durante bastantes minutos sobre el césped del KC Stadium, pero las sensaciones siempre favorecían a los tigers, con una plantilla bastante más experimentada. Robbie Brady estremeció el larguero de Tom Heaton antes del descanso, pero aquello sólo fue un aviso de lo que estaba por llegar. Una cuestión de escasos centímetros puede decidir muchas cosas en el deporte, y en esta tarde de sábado los pequeños detalles siempre iban a jugar en contra de los locales. 

El 0-0 no se rompió hasta escasos minutos después de que el Sunderland se adelantara frente al Everton. Ese gol fue el certificado oficial de defunción del Burnley, y paradójicamente a partir de ahí fue cuando despertaron los clarets, que rechazaron el papel de convidado de piedra.  El Burnley se marchó a la Championship dejando varios damnificados por el camino, empezando por el propio Hull. Un golpe en la nariz hizo sangrar a Michael Dawson, el mejor defensor tiger, justo cuando se produjo un saque de esquina a favor de los visitantes. La ausencia del pilar maestro de la defensa rival fue aprovechada por Danny Ings, que se encontró un balón suelto en el corazón del área y empujó el balón al fondo de las mallas. Aunque inocuo en términos clasificatorios, el gol de Ings fue liberador. Liberador para la afición, que encontró una muestra de vergüenza torera de los suyos a domicilio con todo perdido; para el equipo, que empezaba a sentirse una vez más inferior sobre el césped; y para el propio jugador, que está en una fase delicada en la que debe dar el paso a su consagración o confirmar su permanencia como eterna promesa (una de tantas) que se queda a medio camino. La celebración no fue la de un equipo descendido, sino la de quien conoce el significado de la dignidad deportiva. 

Mientras el Burnley vivía su particular revancha hacia el fútbol, Steve Bruce veía desde el banquillo del Hull cómo la tarde se empezaba a poner más que negra. Ahora eran los locales los que tenían que lidiar con la amenaza del descenso, y los delanteros comenzaron a acumularse sobre el área de Heaton. Tocaba dar la vuelta al marcador, pero todo parecía formar parte de un guion cruel. Abel Hernández disparó de tacón a muy poca distancia de la línea de gol con el portero vencido, pero el balón terminó en las manos de Heaton. Brady volvió a tener una falta a su disposición, pero el travesaño lo rechazó de nuevo. Nikica Jelavic entró para poner nerviosa a la defensa, pero el desquiciado terminó siendo el croata. Dame N'Doye seguía buscando resquicios por el centro y los costados, pero los clarets ya lo conocían demasiado para ser sorprendidos con sus trucos. 

La impotencia local ocultaba el correr de los minutos, y de repente el Burnley se había llevado una victoria a domicilio como reconocimiento a su afición, entrando el Hull de forma oficial en el 18.º puesto que también regala un billete a Championship. Se escucharon palmas y se vieron bufandas al viento en el rincón reservado a la afición claret, que vio morir a su equipo de pie, arrastrando en su caída a un Hull que suda entre agobios y a un QPR que vuelve a ser último después de firmar su descenso a la segunda categoría con una derrota por 6-0. Hay mil maneras de morir, y el Burnley prefirió hacerlo al estilo kamikaze, lo que le permite abandonar la última posición y regalársela a un QPR superior en glamour pero inferior en coraje.