La cultura de la derrota (XXXIV): Brazos caídos

Heaton evitó una derrota aún más dura ante el West Ham (Fotografía: Burnley FC)

Heaton evitó una derrota aún más dura ante el West Ham (Fotografía: Burnley FC)

Se acabó el margen de error. De aquí en adelante, cualquier otro resultado que no sea una victoria del Burnley supondrá automáticamente el descenso a Championship del equipo de Lancashire. El hecho de ocupar el farolillo rojo con tan poco tiempo de reacción por delante ha supuesto una pesada losa que, hasta el momento, Sean Dyche no ha sabido cómo quitar de encima de sus jugadores, quienes nuevamente mostraron una imagen muy alejada de lo que se espera en la élite

Perder frente al Leicester ya fue una señal suficientemente clara para más de uno, algo percibido por el entrenador, que durante la semana ya había comenzado a poner paños calientes cuando hablaba de la situación del equipo. En el trasfondo derrotista del discurso de Dyche se dejaba entrever que no había vuelta de hoja, la plantilla tiene las limitaciones que tiene y el lugar natural del Burnley no está mucho más alejado del vigésimo puesto que ocupa hoy. 

A pesar de la negatividad que rodea a la primera plantilla, la competición continuaba su curso, ofreciendo aún posibilidades para resistirse a ese descenso que ya se empieza a catalogar como obvio, y el West Ham era la primera prueba para ello. No hubo nadie por la labor de levantar la moral al resto, al primer golpe el Burnley se vino abajo sin remedio. No había pasado ni media hora cuando Michael Duff continuó su serie particular de calamidades. Si hace siete días puso en bandeja el gol de la victoria al Leicester, esta vez cometió un penalti que fue castigado con roja directa. Independientemente de la rigurosidad de la decisión del árbitro y de la ejecución de Noble, que no concedió a Heaton la posibilidad de convertirse en héroe, no era un momento para dar por perdido el partido, con más de una hora aún por delante. 

En las urgencias es cuando se ve a quién se puede asir un equipo para salir adelante, y la realidad ofrece muy pocas noticias alentadoras al aficionado del Burnley. El empuje sin canalizar de Taylor, los balones colgados a ninguna parte de Trippier y la soledad en la construcción de Arfield es lo único que destaca mínimamente en Turf Moor con los focos de la temporada casi apagándose, señalando por otro lado a los que aún defienden la camiseta pero mentalmente han dimitido de la causa. 

Es muy difícil encontrar a Jonathan Mee haciendo otra cosa que no sea discutir, así como a Danny Ings sin maldecir su estampa. El delantero, considerado una de las perlas jóvenes del fútbol inglés, ofreció imágenes impropias, apoyadas las manos en sus rodillas constantemente, incluso cuando un defensa rival intentaba hacerle un marcaje al hombre en un córner. Prácticamente tenía que levantarlo para aparentar que realmente lo estaba defendiendo, mientras su mirada derrotada buscaba el banquillo, quizá esperando ver su dorsal en la tablilla para ser sustituido y abandonar el infierno que era para él el terreno de juego. Sean Dyche no lo sustituyó, tenía que ejercer su papel de jugador estrella del equipo, algo que evidentemente no sucedió. Los minutos finales fueron un paseo para un West Ham que tocaba y tocaba, teniendo que finalizar más de una jugada. Los hammers no hicieron más sangre, no les iba nada en esa batalla y Heaton se ocupó de guardar un poco el honor visitante. 

Quedan tres rivales por delante (Hull, Stoke en casa y Aston Villa) para un Burnley que, de no mediar una rocambolesca sucesión de resultados, firmará un paso fugaz por la Premier League. Quizá merezca la pena un último esfuerzo, aunque sólo sea para que Turf Moor no vea su último partido de la temporada ya con la certeza matemática de que su equipo no ha dado la talla y está en una categoría inferior antes de que termine la competición.