La cultura de la derrota (XXXIII): Ser del Burnley

El penalti errado por Taylor puede ser crucial en la temporada (Fotografía: Burnley FC)

El penalti errado por Taylor puede ser crucial en la temporada (Fotografía: Burnley FC)

Los estados de ánimo en el deporte pueden marcar la diferencia entre un descenso y una permanencia. En estos momentos decisivos de la temporada en la Premier League, pocos equipos afrontan la recta final con mejor ánimo que el Leicester, colista durante gran parte del curso, y pocos muestran síntomas tan evidentes de nerviosismo que el Burnley, que ha regresado a lo más bajo de la clasificación tras no poder despegarse de la zona baja en ningún momento, quedando ya en el olvido los grandes días vividos antes de Navidad

Turf Moor no es ni mucho menos uno de los estadios más grandes de la Premier, pero sí que es uno de los que acoge a una afición entregada. Casi un tercio de la población de Burnley acude cada quince días a sus gradas para ver jugar (sufrir) a los suyos, y la situación en la que se encuentra ahora mismo el equipo no puede ser achacable al aliento recibido. Aun así, Sean Dyche invitó a los hinchas clarets a asumir una mentalidad "un solo equipo", para que se centren exclusivamente en el Burnley y dejen a un lado cualquier otra simpatía, bien por otro equipo inglés, bien por otro deporte. 

Sobre el terreno de juego la historia es bien distinta, los jugadores entran al campo desquiciados de entrada, dispuestos a porfiar cualquier decisión del árbitro, lo que sin duda facilita la tarea al rival, que tan sólo tiene que saber jugar con el reloj y con los nervios de su oponente. A la cabeza de los indignados per se se encontraba Matt Taylor. El veterano centrocampista está sufriendo un año plagado de lesiones que no le deja ayudar a su equipo como él quisiera, pero la actitud mostrada ante el Leicester no sirve precisamente para asegurar que el Burnley seguirá en la primera categoría del fútbol inglés. 

La mejor escenificación del momento que vive uno y otro equipo se vivió en torno a la hora de juego, cuando un penalti de Konchesky al propio Taylor fue el preámbulo de la catástrofe. El 15 tomó la responsabilidad, quería sacarse todos los demonios con un gol que diera alas al Burnley, y de tanto pensar en la celebración estrelló un potente disparo en el poste izquierdo de Schmeichel. Automáticamente, rodillas en tierra y manos a la cara, aunque viendo la tensión con la que se vivieron los segundos previos al penalti en el banquillo y el rostro de resignación en las gradas, el resultado no puede ser catalogado de sorprendente. 

Lejos de terminar ahí los males del Burnley, en la jugada siguiente el drama se multiplicó. Un centro de Albrighton fue desviado hacia su portería por Michael Duff. Heaton hizo lo que pudo con un escorzo que dejó el balón sobre la línea, pero Vardy pasaba por allí y remachó. En realidad da igual si el tanto fue de Vardy o fue en propia puerta. El 0-1 fue el resultado de una predisposición negativa hacia el partido que se había estado gestando desde que comenzó el mismo. Ben Mee, Danny Ings o el propio Taylor estaban dispuestos a poner mala cara ante todo en lugar de mostrar concentración y profesionalidad para solventar un partido directo por la permanencia. Para el Leicester, mucho más maduro en estas citas a cara o cruz, fue cuestión de esperar el momento adecuado.

Al Burnley le restan cuatro partidos aún por jugar, y difícilmente le podrá exigir más a la afición. Donde tiene que enfocar Sean Dyche todas sus energías a partir de ahora es en el rectángulo de juego, no en el entorno ni en el árbitro, que es donde el Burnley no ha demostrado aún que es digno de la Premier League. El tiempo se agota, y los resistentes aficionados clarets saben que no será fácil. Nunca fue fácil ser del Burnley.