La cultura de la derrota (XXXI): Ganar feo

Jamie Vardy celebra el gol de la victoria en el descuento (Fotografía: Leicester City)

Jamie Vardy celebra el gol de la victoria en el descuento (Fotografía: Leicester City)

Se ha endurecido el lenguaje en la última semana en torno al Leicester City. Nigel Pearson ya había declarado estar harto de ser considerado por sus colegas de banquillo como el entrenador con más mala suerte de la Premier League, y después de vencer al West Ham en los últimos minutos reconoció que le encantaría proponer "una basura de juego" y obtener resultados que tuvieran en una zona tranquila a sus jugadores que lo vivido hasta ahora. Para bien o para mal, los foxes practican un fútbol atractivo por momentos que no siempre se ha visto recompensado, pero la idea es que esa percepción cambie definitivamente en la recta final. Kasper Schmeichel, por su parte, advirtió a su próximo rival: "Tenemos que ir a la yugular". 

El mensaje fue recibido con agrado en los dominios de su rival de esta semana. El West Brom de Tony Pulis se maneja bien con los códigos de un fútbol agresivo y simple en el que prima el resultado por encima de todo lo demás. Así consolidó al Stoke en la Premier League, así salvó con holgura al Crystal Palace la temporada pasada y así está manteniendo lejos del peligro a los baggies en ésta. Para que la imagen de un fútbol del pasado fuera más rotunda, el West Brom quiso celebrar los cincuenta años desde el debut de su leyenda Jeff Astle -precisamente ante el Leicester- vistiendo a la moda de los años sesenta, con camisetas monocolor, dorsales bien visibles y ausencia total de marcas comerciales. The Hawthorns lucía un lleno absoluto con gran presencia de la afición rival y la estampa fue preciosa.

Las cuentas del Leicester para salvarse pasan por cosechar cuatro victorias, doce puntos que darían tranquilidad para vivir un año más en la élite a la que costó entrar una década completa. Para ello, es imprescindible aprender a "ganar feo", algo que muchos rivales directos de los foxes sí han ido logrando. El West Brom sesentero aceptó la invitación y propuso un partido de pierna fuerte, sin concesiones y buscando por la vía rápida a los delanteros, tomando la iniciativa durante muchos minutos y adelantándose hasta en dos ocasiones en el marcador. 

La endeblez defensiva parece haber sido aceptada definitivamente, y el Leicester se entrega sin remilgos a partidos de ida y vuelta, más parecidos a un combate de boxeo en el que gana el que mejor mandíbula tiene. Así consiguió llegar vivo al descanso con el 2-1 firmado por Nugent y fiándolo todo a la segunda parte, fórmula que ya funcionara ante el West Ham. 

Del campo se retiró De Laet y entró Wasilewski para aportar mayor intimidación. El partido se jugaba al límite, y cualquier debilidad sería penalizada. Hubo peligro en cada salto entre rivales, choques fuertes no aptos para pusilánimes e incluso labios partidos, caso de Nugent, que no obstante siguió batiéndose contra la dura defensa baggy. Quiso envidar Pearson introduciendo el arte individual de Mahrez, pero no era partido para que el argelino se luciera. Sí lo fue para Huth, que cabeceó el empate tras una serie de toques aéreos en el área de Myhill y la celebración lo dijo todo: Wasilewski y él, dos futbolistas que bien hubieran podido ser estibadores, cabeza contra cabeza gritando que el Leicester seguía vivo.

Siete días atrás la gloria fue para Andy King, que esperó hasta el minuto 87 para decantar la balanza de forma definitiva en el King Power. Esta vez, las fotos y los titulares estaban reservados para Jamie Vardy. A golpe puro de riñón, el ligero y puñetero delantero de Sheffield atravesó todo el campo rival, chocando con aquel que estuviera dispuesto a meterse en su camino, y batiendo finalmente a Myhill. Las circunstancias quisieron que la afición del Leicester estuviera justo en el lugar en el que Vardy había puesto el 2-3 ya en el descuento, pero es muy probable que hubiera cruzado corriendo todo el campo nuevamente de haber estado los foxes desplazados a West Bromwich en la otra punta del estadio. Así se gana feo, así se mantiene viva la llama de una permanencia.