La cultura de la derrota (XXI): Fría y rápida venganza

Las celebraciones empiezan a ser una constante en Leicester. (Fotografía: Leicester City)

Las celebraciones empiezan a ser una constante en Leicester. (Fotografía: Leicester City)

El contexto en el que llegaba la vuelta a la Premier League del Leicester City tras el parón de la FA Cup no era precisamente halagüeño. Riyad Mahrez, jugador de referencia en la resurreción de los foxes en el último mes, está en Guinea Ecuatorial preparando la Copa de África con la selección argelina; Jeff Schlupp, convocado en principio por Ghana para la misma competición, no la jugará finalmente pero se encuentra lesionado; Cambiasso, también con molestias físicas. Por si fuera poco, el fichaje estrella del mercado invernal, Andrej Kramaric, aún no tiene el permiso en regla, por lo que tiene que mirar desde la grada cómo juegan sus nuevos compañeros sin poder ponerse aún en el rol de salvador. Que se junte tanto infortunio en un equipo que además lleva varias semanas sumido en la última posición de la clasificación suele ser una mezcla perfecta para que llegue de forma inevitable una derrota, pero el cambio que ha sufrido el Leicester es real, y soporta por ahora todo lo que se le venga encima. 

Después de reencontrarse con la victoria en liga, alzar la voz en el templo de Anfield y dejar noqueado al Newcastle en la FA Cup a las primeras de cambio, llegaba el Aston Villa. La particularidad del calendario inglés hace que el orden en el que se jugaron los partidos de la primera vuelta no tenga por qué respetarse de cara a la segunda, lo que acercó a los villains a Leicester con el recuerdo bien fresco de lo que sucedió en Birmingham. En aquella fría y oscura tarde de domingo, los foxes tocaron fondo con una pobre actuación defensiva. Aquél era un equipo descendido psicológicamente, muy alejado del de este fin de semana. 

El Aston Villa no ha mostrado evolución desde entonces, sigue siendo un conjunto bastante plano que se permite muy pocas alegrías, ninguna de ellas dedicada a una afición que ha vivido tiempos mejores en Villa Park. En el King Power Stadium se vio pronto que el 2-1 de la primera vuelta no se iba a repetir, el cambio de actitud parece haber llegado para quedarse y nadie lo encarna mejor que Ben Hamer. El portero, de nula experiencia en la Premier League hasta que Kasper Schmeichel se lesionó hace escasas semanas, vio cómo Nigel Pearson daba el visto bueno al fichaje de Mark Schwarzer, veteranísimo portero que se encontraba a la sombra de Thibaut Courtois y Petr Cech en el Chelsea. Aunque un cambio en la titularidad entraba dentro de lo factible, por Hamer hablaron sus anteriores actuaciones, en las que la presión no le pesó -o al menos le pesó con la misma intensidad que a sus compañeros-. Esto le facilitó mantener su puesto entre los once titulares, por mucho que Schwarzer fuera antiguo compañero de fatigas de Pearson en su etapa de jugador en el Middlesbrough. 

También parece haber comenzado una nueva era para Paul Konchesky. En Birmingham fue provocado por Alan Hutton, entró al trapo y terminó expulsado tras una refriega, mientras el incitador se llevaba únicamente una amarilla. La venganza se sirve fría, y fue el propio Konchesky el que consiguió los tres puntos al aprovechar un balón suelto en la frontal, despejado precisamente por Hutton. Puede ser el karma, la justicia poética o la suerte de estar en el lugar adecuado en el momento preciso, pero en el King Power le tocaba sonreír a Konchesky y a su sufridor Leicester. 

Paradójicamente, haber conseguido siete de los últimos nueve puntos en juego no sólo no le ha permitido al Leicester salir de la zona de descenso, sino que incluso sigue anclado como último clasificado. La zona baja de la Premier League está viviendo una auténtica revolución por parte de los más modestos, lo que ha generado un atasco que alcanza hasta al Everton, duodécimo con 22 puntos. Sólo cinco por detrás, el Leicester intenta mantener viva la llama de la competitividad para que cuando los demás bajen la guardia, pueda por fin asomar la cabeza de unas arenas movedizas de las que resulta complicado escapar.