La cultura de la derrota (XVII): La levedad de Cambiasso

Cambiasso, un cuerpo extraño en el Leicester. (Fotografía: Leicester City)

Cambiasso, un cuerpo extraño en el Leicester. (Fotografía: Leicester City)

Derrota tras derrota, el Leicester City será el equipo que afrontará como colista el rally navideño de fútbol que ofrece siempre la Premier League. Que los foxes salgan del terreno de juego superados por su rival se ha convertido en una estampa habitual, siendo irrelevante si el verdugo viste los oropeles del Manchester City, los humildes ropajes del Aston Villa o la llamativa moda del West Ham. Si en la portería está Kasper Schmeichel o Ben Hamer, si en la delantera hay dos delanteros o tan sólo uno, todo eso da igual, son meros ingredientes de una velada en la que ya se conoce el final de antemano. 

Incluso da igual ya si Nigel Pearson está sentado en la grada o en el banquillo. Contra el West Ham, revelación de la temporada, se sentó con el resto de su cuerpo técnico y los suplentes, pero igual que todo lo anterior, sin un propósito claro, pues los hammers se quedaron con los tres puntos entre las burbujas de jabón que sopla su afición al inicio de cada partido y con cada gol de su equipo. Es un momento dulce el que vive uno de los hermanos pobres de la rica Londres, en las antípodas de un Leicester en el que apenas quedan fórmulas nuevas por probar, si es que alguna vez las hubo. 

La presión sobre la figura del entrenador es inevitable en estos casos, más aún cuando no se vislumbra una reacción por parte del equipo, pero por ahora el único perjudicado lleva corbata y no chándal. Terry Robinson, director deportivo del club, ha sido el primero en recoger sus enseres personales de su despacho. El motivo de este cese es la política de contrataciones del vigente campeón de la Championship y desnudo colista de la Premier League. Entre todas las altas del verano en el King Power hubo una que brilló con luz propia por lo mediático del nombre, y puede que sea en la irrelevancia de una figura tan poderosa como la de Esteban Cambiasso donde se encuentre el motivo principal del volantazo en la dirección deportiva. 

Los grandes flashes de Cambiasso dentro de una fecunda carrera en el fútbol de élite europeo tienen la camiseta del Inter como protagonista. Concretamente del Inter de José Mourinho, una máquina de fútbol perfectamente engrasada que llegó a su cénit en 2010 con la conquista de la Champions League (qué perro este fútbol de hoy en día que premia la inspiración europea por encima de la regularidad doméstica, siempre tan difícil de alcanzar). De aquel Cambiasso que ejercía de elegante escudero táctico del mejor Wesley Sneijder tan sólo queda su look: cabeza afeitada y un gesto en el rostro entre el susto y la cara de extrema atención que pone quien no quiere que ningún aspecto del juego le pase inadvertido. 

En Boleyn Ground quedó patente que el Leicester no es para Cambiasso. Ni para el que apura sus últimos años de deportista profesional ni posiblemente para la mejor versión del Cuchu. En las catacumbas de la clasificación, los noventa minutos transcurren con el balón maltratado, de un área a la otra. Sin continuidad, sin centro del campo. Tan prescindible resulta el argentino como King, Drinkwater, James o quien quiera que figure junto a él. El esférico volaba de Hamer a Adrián, salvo las pocas ocasiones en las que los delanteros del West Ham o el Leicester acertaban a bajarlo al césped y jugarlo brevemente, siempre en jugadas que no sobrepasaban los treinta segundos de duración. En esas jugadas fue en las que se fraguó el 2-0, con dos goles de trazo fino de Andy Carroll y Stewart Downing en un lienzo grueso, duro de apreciar y díficil de interpretar. En ese 2-0, Cambiasso era el ancla que tenía que dar sentido a la elaboración ofensiva del Leicester. Lamentablemente, el balón sólo pasó por sus botas de casualidad, denunciando la irrelevancia de uno de los mejores centrocampistas que ha visto el continente en los últimos diez años. Igual la culpa no es suya, como tampoco lo fue del ya despedido Terry Robinson ni de Nigel Pearson, aplaudido hace tan sólo medio año. En el barro no importan linaje, credenciales ni fórmulas, importa tener claro el objetivo sin importar el camino. El Burnley, sin grandes nombres pero con el cuchillo entre los dientes, lo sabe; quizá por eso al gran candidato a ser el peor equipo de la élite inglesa no le va tan mal.