La cultura de la derrota (XIV): La tumba de George Ramsay

Rémi Garde (Aston Villa) | Fotografía: Aston Villa FC

Rémi Garde (Aston Villa) | Fotografía: Aston Villa FC

En las trincheras de las guerras, como en toda situación límite, todos los soldados terminan por convertirse en creyentes, y por supuesto el fútbol no iba a escapar de esta particularidad. En Birmingham el ascenso del Aston Villa empieza a asomarse como una posibilidad tras varios años de coqueteo incesante con la zona mediocre de la clasificación. Esta temporada las cosas han ido a peor y ya se han sentado tres entrenadores en el banquillo, uno de ellos interino. Los jugadores aparecen catalogados en todas las tertulias futbolísticas y análisis tácticos como "not good enough" -no suficientemente buenos-, y el aficionado veterano tiende a echar la vista atrás en busca de un pasado algo más reconfortante que el presente. 

Por eso, tras la contundente derrota contra el Everton, un reverendo de Birmingham aficionado al Aston Villa, Bob Stephen, acudió al cementerio local para rezar una oración frente a la tumba de George Ramsay, posiblemente el prócer más legitimado de cuantos tienen los villans en la memoria colectiva. Cuando Ramsay estaba al cargo como secretario y entrenador al mismo tiempo del Villa, el club era toda una potencia del fútbol inglés. Con seis títulos de liga y seis FA Cups en el periodo que va de 1893 a 1920, al Aston Villa se le respetaba en las islas Británicas como a pocos. El panorama ha cambiado muchísimo en los últimos noventa años, y ya cualquier equipo visita Villa Park sabiéndose capaz de llevarse tres puntos en la mochila, lo que no quita para que el reverendo Stephen busque ayuda divina para que Jordan Ayew comience a marcar, Richards y Clark intimiden atrás o Adama salga del ostracismo en el que se encuentra. 

Para cerrar el mes de noviembre llegó el Watford a Villa Park, un Watford retador que con Quique Sánchez en el banquillo parece que no va a sufrir en exceso para firmar la permanencia en el año de su retorno a la Premier League, e incluso con veteranos que se atreven a lanzar puyas a los rivales. A Deeney, capitán y emblema del club, le hace especial ilusión marcar frente al Holte End, el fondo en el que está la sección más ruidosa de la afición villan, y celebrarlo mientras miles de personas lo abuchean sin parar. 

El reto de Deeney llegó en una semana en la que el vestuario volvió a salir severamente golpeado. La joven estrella del equipo, Jack Grealish, volvió a reincidir en sus hábitos nocturnos, y después de haber pasado sin pena ni gloria por Goodison Park en el 4-0 que el Everton le metió al Aston Villa en la última jornada, el joven canterano hizo noche en Mánchester a la vista de todos, lo que no tardó en aparecer en los medios. No era la primera vez, pues en verano el amanecer de Tenerife lo pilló durmiendo la mona en pleno asfalto de la zona sur de la isla. Rémi Garde, que no está para más problemas, lo mandó al equipo sub-21 hasta nueva orden, por lo que la primera plantilla se queda sin uno de sus, en teoría, jugadores más talentosos. 

En lo meramente deportivo, Sánchez reapareció en el once titular, después de ser uno de los pocos que demostraran carácter en la caída ante los toffees, y al equipo se le vio con más nervio, dispuesto a jugarle de tú a tú a un Watford que, no hay que recordar, aún le está tomando el pulso a la Premier League. A pesar del mejor fútbol del Aston Villa, las dinámicas son muy difíciles de cambiar, y en ningún momento se vio por delante en el marcador. Sí se sobrepuso al gol inicial de Ighalo, aprovechándose de un fuera de juego mal tirado por la defensa local, en la que el responsable volvió a ser Richardson. Su compañero de zaga, el capitán Micah Richards, puso las tablas antes del descanso con un cabezazo muy celebrado por todos, el impasible Rémi Garde incluido, e hizo soñar a Villa Park con un final feliz que nunca terminó de concretarse.

Hutton, uno de los jugadores que más alto rendimiento estaba ofreciendo, batió a su portero en un desafortunado despeje, y a partir de ahí el resultado se hizo insuperable una vez más para el Aston Villa, al que ya sólo le quedaba esperar el pitido final del árbitro para certificar la undécima derrota en catorce partidos. Deeney cumplió su promesa, marcó, lo celebró enfervorecido y terminó amonestado. Para un último intento de remontada salió Adama desde el banquillo, pero fue en vano y aunque Ayew recortó distancias y puso el 2-3, Villa Park recibió un nuevo golpe anímico, y comienzan a ser demasiados. Si George Ramsay pasara por el estadio, no reconocería al que un día fue su equipo.

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