La cultura de la derrota (XII): Donde claudican los gigantes

Danny Ings, celebrando uno de sus goles en el Britannia

Danny Ings, celebrando uno de sus goles en el Britannia

El Britannia Stadium está considerado como el peor estadio para visitar de toda la Premier League, concepto que el colista Burnley redefinió esta última semana. Es duro visitar el Britannia si se trata de un gigante de la competición, porque los clarets quisieron continuar con su buena racha y nada pudo impedírselo. Allí donde equipos como el Manchester City doblan la rodilla y son sometidos ante el espíritu británico -aunque el Stoke cada vez maneja registros más vistosos-, el Burnley consiguió tres nuevos puntos que le hacen enlazar seis consecutivos y abandonar el tan poco lustroso farolillo rojo de la clasificación. 

Fue una jornada de recuperación tras un parón internacional, en el que generalmente los equipos que más internacionales donan para la causa de las selecciones se lamentan por el estado físico en el que éstos retornan. El virus FIFA, sin embargo, no afectó al Burnley. No es porque los clarets no dispongan de jugadores internacionales, todo lo contrario; Danny Ings ganó protagonismo en los dos últimos partidos de la selección inglesa sub-21, pero le faltaba algo a la joven promesa del Burnley. Hasta el momento no había demostrado ser un jugador digno de acaparar titulares con su equipo en las primeras once jornadas de competición. Con el reconocimiento internacional, Ings apareció en el Britannia dispuesto a ganarse también las loas en el ámbito doméstico. 

Los grandes momentos de Ings frente al Stoke llegaron en los primeros quince minutos. Primero supo estar atento al rebote después de una jugada de ataque fugaz en la que estuvo listo para aprovechar el rechace de Begovic. Mostró la diferencia entre la inteligencia de un jugador internacional -sabe situarse- y uno del montón -va al bulto esperando llevarse el balón-. Lejos de contentarse, perforó nuevamente las redes potters un minuto más tarde. La génesis de la jugada llegó nuevamente por la banda derecha de la defensa del Stoke, en la que Kightly, un ex del Britannia, insistió buscando la debilidad de un Bardsley muy poco inspirado. Pase atrás y gol. En trece minutos, el Burnley había violado la fortaleza en la que grandes ejércitos se habían estrellado previamente. 

Al Stoke le quedaba un mundo para remontar,  y se esperaba que lo hiciera. Este equipo ya se ganó la fama de ser un rival a tener en cuenta bajo el mando de Tony Pulis, y la tendencia continúa con Mark Hughes en el banquillo. De aquel equipo que aparecía en los resúmenes televisivos españoles nada más que por los potentes saques de esquina de Rory Delap siguen quedando rescoldos del fútbol físico típicamente británico, pero la evolución es innegable. Peloteros como Bojan o Arnautovic comparten protagonismo con N'Zonzi o Walters, en una mezcla de identidades bastante interesante. El Burnley sabía que con el 0-2 no estaba todo resuelto. Quedaban 75 minutos en los que los dientes tenían que estar apretados y las líneas muy juntas si querían dar una alegría a una afición desplazada en masa hasta Stoke-on-Trent. 

Walters consiguió recortar diferencias antes de que terminara la primera parte, y lo hizo con un balón colgado al área por Bojan, un tanto de la vieja escuela potter. El golpe no amilanó a los de Sean Dyche, que comenzaron entonces a potenciar sus fortalezas, ya que sus debilidades son conocidas por todos con prácticamente un tercio de la competición ya disputado. Heaton se mantuvo firme bajo los palos, bien pertrechado por Duff y Shackell, pareja de centrales que gana confianza con el paso de las semanas. Boyd corrió lo que no estaba escrito -13,3 kilómetros firmó el escocés, marca destacada por el propio club al día siguiente- y Kightly, con sus peculiares carreras a tirones, desquiciaba a los que el año pasado defendían su misma camiseta. La tarde fue de todo menos cómoda para un Mark Hughes que se revolvía inquieto en su banquillo. 

Frente a un Burnley convencido de sus armas, el Stoke comenzó muy pronto a perder la paciencia. Diouf no entendía por qué cada atropello suyo a los defensas era castigado con falta; Bojan tenía que retrasar su posición cada vez más metros para intentar tocar un balón limpio y las reclamaciones por pérdida de tiempo las protagonizaban los jugadores de rojo y blanco. Estas estampas suelen ser habituales en el bando visitante cuando hay un partido de Premier League en el Britannia, pero esta vez el Burnley obligó al Stoke a ponerse el traje de equipo grande que tenía que encontrar la fisura en la defensa del modesto y aguerrido. El mundo al revés. 

Con los potters volcados sobre la portería de Heaton, Ings perdió toda relevancia sobre el terreno de juego, ya que los atacantes clarets estaban más pendientes de echar una mano en defensa que otra cosa. Sean Dyche, inteligente, retiró del campo a la joven estrella para que la grada que animaba al Burnley reconociera a su nuevo héroe. La ovación permitió a Ings quedar en paz; no sólo es capaz de destacar con los tres leones en el pecho, también con su equipo, más confeccionado para la zapa que para el museo. Las estadísticas ya en la recta final abrumaban, todas a favor del Stoke. Hasta en 19 ocasiones dispararon, sacando 14 saques de esquina. Incluso Bojan, en pleno desquicie, se encaraba con los que derrochaban tiempo en el bando rival, por mucho que el más bajo de todos le sacara una cabeza. Al Stoke le cambiaron el traje y nunca se reconoció como un grande, perfil que quizá debería comenzar a entrenar. El Burnley, mientras tanto, celebraba ufano sobre el césped enemigo un triunfo que le permite abandonar la última posición. El destinatario del deshonor vuelve a ser un QPR atascado en la zona baja sin solución a la vista.