La cultura de la derrota (VIII): Dos tiros en el pie

Steven Caulker dio los tres puntos al Liverpool en el último suspiro. (Fotografía: Twitter QPR)

Steven Caulker dio los tres puntos al Liverpool en el último suspiro. (Fotografía: Twitter QPR)

Loftus Road vivió la estrambótica historia de dos centrales. Uno de ellos, Richard Dunne, irlandés de nacimiento, responde a la idea preconcebida de central del fútbol de las islas Británicas -tosco, corpulento, con escaso repertorio técnico-; el otro, Steven Caulker, está considerado como una de las promesas a seguir dentro de la posición de central, no sólo en el QPR, sino también en la selección inglesa. Los dos, el recio y el talentoso, fueron los protagonistas de una película de terror que sigue dejando al equipo londinense como último clasificado, por mucho que Burnley y Newcastle se empeñen en seguir haciendo las cosas mal. 

Lo más doloroso para la afición del QPR es que firmaron posiblemente su mejor partido desde que retornaron a la Premier League tras un año en el infierno, término de marketing que emplean ahora los equipos ascensor cuando bajan a la segunda categoría y enmiendan su error rápido. Y aún más hiriente fue comprobar que el que posiblemente fue su mejor partido esta temporada lo firmó ante uno de los grandes de la competición, concretamente frente al vigente subcampeón, un Liverpool a años luz de aquel que lideraba Luis Suárez hace escasamente cinco meses. La situación del Liverpool 'post-Suárez' merece ser contada en otra entrada en la que el protagonista no sea el QPR, que remó inútilmente hasta morir ahogado en la orilla. 

Ni Charlie Austin ni Bobby Zamora son delanteros que hagan temblar a las defensas rivales, pero la del Liverpool se mantuvo bastante entretenida con el empuje de los dos arietes del QPR. A ellos se sumó Leroy Fer, que ya el año pasado aprendió a nadar en las aguas calientes de la Premier League con el Norwich y parece condenado a vivir una nueva experiencia estresante. Partiendo de la base de que el Liverpool no tenía salida del balón, los de Harry Redknapp parecían estar ante una buena ocasión para pescar puntos, y de hecho la tuvieron para desperdiciarla de la forma más inverosímil. 

Cuando Fer, que fue uno de los más inspirados, se encontró en dos ocasiones consecutivas con el larguero, más de uno comenzó a pensar que aquello no pintaba bien, pero el QPR siguió remando y remando ante un rival que afrontó la cita de perfil, esperando algún ramalazo bien de Gerrard, bien de Balotelli -son muy pocos los que confían ya en él-. Emperrado el centrocampista holandés en seguir apuntando al travesaño, imbuido aparentemente en uno de esos concursos de precisión tan típicos en los momentos muertos de los entrenamientos, sus compañeros descubrieron otra amenaza no menor, y es que Mignolet, portero abonado al cara o cruz en sus actuaciones individuales, tenía uno de esos días de inspiración en los que sus guantes repelían lo que la madera o sus compañeros no habían conseguido. 

Minuto a minuto, más de un rostro en la grada empezaba a arrugar la nariz ante la posibilidad de una película ya vista. Estaban equivocados; fue aún peor. Un Liverpool con muy pocos recursos vio cómo le sonaba la flauta cuando puso el registro en modo patio de recreo. El fútbol, además de para estudiosos de la estrategia, está en los pequeños detalles, y una falta escorada fue ejecutada con rapidez, dejando descolocada a toda la defensa del QPR. Tanto se descolocó que Dunne, el rígido central que ejercía en lugar del veterano Ferdinand -cuyos días de gloria también andan lejos-, se tropezó con un balón raso pícaro pero sin destinatario aparente. En su intento por despejar de primeras, al más puro estilo irlandés, fue traicionado por el esférico, y a su vez él traicionó a McCarthy, quien vio bajo palos cómo todo el esfuerzo previo se perdía por el sumidero. 66 minutos vanos para el colista y diez goles en propia puerta en la carrera de Richard Dunne, peligro público del fútbol inglés.

Como quedaban aún más de veinte minutos por delante, el QPR intentó seguir luchando contra su destino, aunque ahora tenía enfrente a un rival al que se había incorporado el suplente Coutinho dispuesto a matar al contragolpe. Como los once titulares de los R's seguían sin mostrar acierto a pesar de su empeño, a Harry Redknapp le dio por buscar un virtuoso en su banquillo, con la suerte de que lo encontró. Edu Vargas, tatuaje de Michael Jordan en el cuello y sobradas horas de fútbol perro y guerrero en Sudamérica, entró para armar el taco, y vaya si lo hizo. 

El chileno se aprovechó de un José Enrique alejado de su punto álgido tras su lesión y consiguió superar a Mignolet. Faltaban cuatro minutos y el empate lucía en el marcador; "menos es nada", debió de pensar alguno en Loftus Road, aunque no fue la última bala. Coutinho tiene hambre de minutos y titularidades en un equipo en el que considera que sus galones nunca debieron ser mermados tras un verano repleto de fichajes; e hizo lo que de él se esperaba: asestar el teórico golpe de gracia al contraataque con un colocado disparo cruzado. Vuelta a empezar, y vuelta a celebrar rabiosamente el pequeño estadio londinense cuando Vargas consiguió el más difícil todavía: a la salida de un córner, en el primer palo que vigilaban tanto Mignolet como Joe Allen, el balón volvía a ponerse del lado del QPR, del lado de los esforzados que luchaban por dejar de ser lo peor de la Premier League.

Siendo el minuto 91, todo este desenfreno hubiera sido suficiente en prácticamente cualquier liga, pero no en la Premier League, que últimamente vive un empacho de tiempos de prolongación superiores a los cuatro y cinco minutos. En ese tiempo, el Liverpool -concretamente Sterling, de los pocos que salvaron la cara en los reds- tomó la palabra con un nuevo contragolpe que finalizó el central prometedor, el que se espera que lidere la retaguardia de Inglaterra, el que no baja del aprobado en un equipo condenado al sufrimiento. Steven Caulker había tomado ejemplo de la peor influencia posible, de su compañero Dunne y su terrorífica estadística, y fue el autor del segundo disparo en su propio pie del QPR. Sin pies que lo sostengan, será difícil que los de Redknapp no doblen la rodilla en su lucha por seguir en la máxima categoría del fútbol inglés.