La cultura de la derrota (VII): Vientos de resistencia

Kasper Schmeichel no pudo desviar el disparo de Ross Wallace. (Fotografía: Twitter Burnley FC)

Kasper Schmeichel no pudo desviar el disparo de Ross Wallace. (Fotografía: Twitter Burnley FC)

Ha sido una semana poco común en el Burnley. Mientras la gran mayoría de los equipos de la Premier League se quedaban en cuadro con motivo de los partidos internacionales, Sean Dyche tan sólo ha echado de menos a cuatro jugadores, de los que tres de ellos no pueden ser considerados titulares habituales (el experimentado irlandés Stephen Ward sí jugó de inicio el último partido ante el Leicester). Con quince días de separación entre los dos partidos ligueros, el sabor de boca que dejó el agónico empate cosechado en el King Power Stadium ha podido ser paladeado con gusto, aunque el equipo aún debe tener los pies en el suelo toda vez que se mantiene en puestos de descenso, a dos puntos de la zona de salvación. 

Una característica loable entre los equipos que más sufrimiento han acaparado en las primeras semanas de competición es su resistencia a considerarse un convidado de piedra frente a sus rivales. Únicamente el Newcastle ha encadenado dos semanas como farolillo rojo, produciéndose en el resto de jornadas una sana alternancia que deja entrever que no hay un equipo considerado de segunda categoría desde el principio. Todos quieren luchar por su lugar en la élite una temporada más, y el Burnley, principal candidato a un temprano retorno a la Championship, muestra una evolución lenta -no tiene excesivos recursos- pero segura. Los clarets van a batallar cada partido en busca de ese tranquilizador 17.º puesto en la clasificación final. 

El último test, una visita al terreno del Leicester, otro recién ascendido que sí muestra mejores hechuras para competir con los grandes de Inglaterra, fue una buena piedra de toque para calibrar a un equipo que en sus primeros pasos se ha mostrado como un bloque ordenado pero excesivamente inocente. Esa falta de gol que tanto ha lastrado al Burnley en los meses de agosto y septiembre fue el principal enemigo contra el que los jugadores de Sean Dyche tuvieron que batallar en la séptima jornada. La tremenda igualdad en la zona baja hace que cualquier resultado negativo pueda facilitar un descuelgue en la tabla, y sin efectividad ante las redes contrarias, el destino estaba marcado. 

Todos los problemas que pueda sufrir el Burnley le son ajenos al Leicester, que está disfrutando el parón competitivo desde una cómoda novena posición, al igual que su entrenador, Nigel Pearson, observa los partidos desde la tribuna en lugar de a pie de césped. Los foxes quisieron hacer su propio partido, y lo consiguieron durante una gran parte del mismo, liderados por un gran Mahrez en la banda derecha y con la amenaza que supone la presencia del argentino Leo Ulloa en la punta de ataque, factor intimidante no sólo para los pequeños, sino también para gigantes como el Manchester United. 

El primer zarpazo del Leicester lo dio Schlupp a pase de Mahrez, algo que no varió excesivamente el guion de un Burnley consciente de que tiene que esperar su oportunidad sin desesperarse. Kightly, extremo con experiencia en la máxima categoría tras su paso por el Stoke, consiguió nivelar las fuerzas, pero el empate quedó nuevamente descompensado por culpa de Riyad Mahrez. El argelino está demostrando ser uno de los jugadores a seguir en la primera parte de la temporada, y no extrañaría ver más de un ojeador en el King Power en siguientes compromisos del Leicester. 

Con muy poco arsenal para inquietar a Kasper Schmeichel, el Burnley vio cómo la segunda parte avanzaba rumbo a una derrota prácticamente segura, pero del lance más inesperado surgió el clavo ardiendo al que agarrarse. La lesión en los últimos minutos del lateral Kieran Trippier detuvo durante varios minutos el juego, dejando a ambos equipos fríos y un descuento de siete minutos para lograr la heroica. Entonces sí, apareció una figura entre los clarets capaz de marcar la diferencia. Scott Arfield, ubicado esta vez en el centro del campo por la presencia de Kightly, forzó una falta en la frontal del área con poco más de tres minutos por jugarse. Ross Wallace, todo un veterano en el club aunque con poco vuelo en la máxima categoría, tiró de galones. Puso el balón a la izquierda de Schmeichel, portero danés varios escalones por debajo del nivel y la consideración que tuvo su padre en los años noventa, y dos puntos se diluyeron en Leicester ante el gesto torcido de su afición. El semblante era radicalmente diferente entre los jugadores del Burnley, que si bien siguen situados en territorio peligroso, mostraron que en realidad sí tenían gol. Fue una rebelión ante la opinión preestablecida de que son la perita en dulce de la competición. 

El gol a última hora de Wallace devolvió a Harry Redknapp la amarga sensación de ver a su QPR todos los días durante dos largas semanas en lo más bajo de la Premier League, con un Liverpool con ganas de reivindicarse y Daniel Sturridge recuperado en el horizonte.