La cultura de la derrota (II): Una patada en los dientes

Stuart Fraser, marcado de cerca por dos 'hammers' | Fotografía: AFC Bournemouth

Stuart Fraser, marcado de cerca por dos 'hammers' | Fotografía: AFC Bournemouth

West Ham 1-0 Bournemouth (Antonio)

El Bournemouth es el equipo más discreto de la Premier League. Situado en una localidad costera de menos de 200 000 habitantes en el sur de Inglaterra, este club llegó la temporada pasada a la máxima categoría y consiguió asegurar la permanencia sin alardes de ningún tipo gracias a un entrenador joven que discute el arraigado tópico de la escasa calidad de los entrenadores ingleses. Eddie Howe no alcanza los 40 años ni tiene nada que lo pueda asimilar a la vieja guardia de Sam Allardyce o Harry Redknapp, es más, es loado por la gran mayoría de entrenadores de la competición y su normalidad lo ha llevado a ser querido por la afición de un Vitality que disfruta de otro año más como estadio Premier.

Tampoco hay nada que destaque particularmente en su plantilla, plagadas de jugadores con apellidos comunes a los que resulta difícil incluso poner rostro. Adam Smith, Francis o Cook podrían pasear con total tranquilidad por Trafalgar Square sin que ningún aficionado experto reparara en su presencia. El perfil bajo es la norma en el tranquilo condado de Dorset, y así se espera que sea de nuevo durante la temporada 2016/17. Los cherries, eso sí, tuvieron la mala fortuna de cruzarse con el Manchester United en la primera jornada, y los tres goles encajados llevaron al discreto Bournemouth a la última posición.

Dado el poco cartel del club, estar en la zona de descenso podría ser parte de la cotidianeidad, pero durante la semana nadie mencionó esta coyuntura. Es agosto y en el equipo de Eddie Howe aún se habla de incorporaciones y de la ilusión con la que se encara el nuevo curso. Siete son las caras nuevas que habrá este año en el Vitality, todas con trayectorias discretas a excepción de dos jóvenes que llegan al club dispuestos a sumar minutos y foguearse: Ibe y Aké. Al primero lo vigila de cerca Jürgen Klopp desde el banquillo del Liverpool y el segundo encadena su segunda cesión, cada vez más consciente de la dificultad de ser jugador del Chelsea. 

Eddie Howe y los suyos rindieron visita al Olímpico de Londres, la nueva casa del West Ham, en la que el favoritismo tenía que ser para los hammers de Slaven Bilic, aunque desde el primer momento el discreto Bournemouth comenzó a plantearles serios problemas. El West Ham dominó durante los primeros minutos pero comenzó a caer en una telaraña de desidia y sopor en la que los visitantes se mostraban más cómodos. Cuando se quisieron dar cuenta, Ibe, Callum Wilson y King ya estaban probando fortuna frente a Adrián, que en varias ocasiones evitó que su equipo estrenara su nuevo estadio con una inconveniente derrota. 

Los cherries no dominaban el partido pero sí lo gestionaban a su antojo, esperando que alguna de sus ocasiones terminara convirtiéndose para salir cuanto antes de la última plaza. Todo el plan se vino abajo cerca del minuto 80, cuando Arter, la pieza clave del castillo de naipes del Bournemouth, vio la segunda amarilla y fue expulsado. Como naipes frágiles que son, los jugadores comenzaron a descolocarse ante el vacío resultante, y el West Ham encontró entonces la solución a todos sus problemas. 

Redobló esfuerzos el equipo de Slaven Bilic y sus jugadores de banda, Töre y Antonio, se aliaron para poner entre los dos el 1-0. Las ayudas defensivas que se producen cuando está Arter no se repitieron tras la entrada de Aké para tapar fugas de agua y el gol llegó casi sin tiempo para reaccionar. Adrián aún tuvo que ponerse el mono de trabajo para frustrar un poco más al Bournemouth, que se marchó de Londres de nuevo como el peor equipo de la liga siendo consciente de que no lo es. Como bien resumió su central Cook, el segundo partido de la temporada fue "una patada en los dientes".